Resulta que está de moda hacer reseñas sin, a penas, haber terminado el libro en cuestión. Me parece fascinante. Tenemos ejemplos por doquier. A mi juicio, creo que le pasó a Pron con Olmos –aunque quizá no esté en lo cierto-, y por supuesto tenemos a Tongoy con Viola di Grado. Hubo un tiempo en que los críticos leían las obras que analizaban y, paralelamente, una época dorada en la cual los escritores no eran menospreciados por su corta edad. Sí, no miento.
Quedé un tanto traumatizada tras leer la última entrada del señor Tongoy. Él defiende que para evitar la mala literatura en general, habría que prohibir que publicaran todos los escritores menores de treinta años. Una sentencia muy echevarriesca por su parte. Sin embargo es preciso comentar que, hasta cierto punto, parece un argumento bastante comprensible.
Setenta acrílico treinta lana tiene un registro que difícilmente convence a algunos lectores y mucho menos si tenemos en cuenta los personajes. Incluso me atrevería a decir que la novela va dirigida a un público determinado. Dudo que a muchos les fascine Camelia, esa adolescente depresiva, incomprendida, ignorada y que padece esa especie de anorexia verbal. Tan Dakota Fanning al fin y al cabo. Como comenté en su día cuando reseñé a Richard Yates, una obra literaria debería reflejar sus tiempos o, al menos, la mentalidad e inquietudes de aquéllos que forman parte de ella. Y no sólo por el uso de la tecnología como desempeñó Tao Lin. Viola Di Grado se suma a la extensa lista de autores veinteañeros cuyo objetivo es mostrar ese malestar existencial que tanto preocupa y hace sufrir a los jóvenes –y por supuesto no tan jóvenes-. Aquellas personas que compren dicho libro de Alpha Decay creyendo que van a hallar el best seller del año se equivocan. La novela es un drama psicológico que arrastra al lector a un maldito espiral depresivo en el que habitan Camelia, su madre Livia, Francis, Wen, Jimmy, el padre fallecido y hasta la amante de éste. Nadie escapa; nadie está a salvo en Leeds. Lo que la gente desconoce es que Leeds no es más que una metáfora del mundo real y la situación delicada en que nos encontramos. Si estos autores no publicasen, si les silenciáramos como deseaba Tongoy, todo esto se perdería.
Cabe destacar la insaciable obsesión de la autora con el uso y significado del lenguaje. Cada palabra está medida milimétricamente para hacer juego con la siguiente y la anterior. Convierte su prosa en algo poético, semejante a Exhumación aunque temáticamente no tienen nada que ver excepto, cómo no, por el malestar de los protagonistas. El embrujo de la voz narrativa y el sinsentido patético de los personajes logran hipnotizar a un espectador que, sin duda, no se le hacen arduas las 249 páginas. Los saltos temporales, que figuran en el inicio de la novela y que poco a poco menguan tras el desarrollo de ésta, se sumergen en lo perenne del lenguaje. ¡Ay, no! Quise decir de los lenguajes. El inglés, las traducciones al italiano, los diálogos en chino, los caracteres y las claves que tanto fascinan a Camelia y, por supuesto el más importante, el de las miradas, es decir el no-lenguaje. Todos nacen, se esparcen y se eternizan en lo atemporal que hay en ellos, consiguiendo así engañar al lector. Es la metáfora entre lo vital, lo literario y la lengua. Cuando termine esta historia, cuando cerremos el libro y lo depositemos en la estantería, la trama va a seguir porque, en definitiva, no dejaremos de hablar; seguiremos acudiendo a las palabras hasta nuestro desenlace.
Leí este libro el sábado pasado, del tirón, durante mi jornada de reflexión. Fue un regalo de cumpleaños que llevaba varias semanas esperando sobre el tocador. La persona que me lo regaló no había terminado de leer su propio ejemplar cuando lo hizo.
Al principio no me gustó, pero sentí cierta curiosidad. Todas las historias de hijaymadrecontraelmundo me provocan. También estaba la cuestión del lenguaje. Esto último fue lo que me enganchó. Viola escribe sobre lo que conoce, y por eso lo hace bien. Pero esto de los juegos lingüísticos (en sentido wittgensteniano) podría haber dado más de sí. Hubiese sido la guinda del pastel.
El significado correcto de los signos lingüístico no son los objetos designados por ellos. Bien. Es en la vida cotidiana donde deben buscarse los significados; así es como el tatuaje de Camelia cobra sentido. Sí, veo a Wittgenstein por todas partes. Lo veo, sobre todo, en los agujeros. Por supuesto que reinventamos el lenguaje a cada palabra, además. La crítica de Carlos hace aguas por aquí y por allá. Pero, como en tantas otras ocasiones, muchas de sus presunciones son erróneas. Era de esperar.
En cualquier caso, el estilo de escritura que tiene Viola no es de mis favoritos y entiendo que no guste a todo el mundo. La historia sí me parece interesante. Se vuelve cada vez más interesante (por eso creo importante pasar de la página 70). La autora podría haber estado en la cuarentena, como Tongoy, y haber escrito igualmente una buena historia cuya protagonista viviera un período adolescente, o no.
Respecto a tu blog, Carlota, levanto mi puño (asumiendo el riesgo que trae consigo tal gesto después de anoche). Lo que en China se entiende como 10, ya sabes.
Muchísimas gracias por tus elogios. Yo también veo a Wittgenstein por todas partes. Es muy fácil identificarlo cuando Camelia trata de describir esa especie de precipicio metafórico por el que están cayendo todos y que, precisamente, no puede porque está fuera del lenguaje. Entiendo que leer a Viola cueste dado que el estilo es muy suyo. Pero me fascina esta idea tan wittgensteniana de que el relato sucede porque éste no es más que palabras y las palabras son nuestros instrumentos para medir el mundo; para narrarlo. Quizá si hubiese desarrollado un poco más esta idea que comentamos hubiese sido demasiado. No creo que nuestra lectura esté acostumbrada a fijarse en los ámbitos lingüísticos propiamente dichos. En todo caso me encantaría probarlo.
Felicitaciones a ti también por tu blog. Me he hecho muy fan. Besos.