Una literatura satírica o de carcajada fácil no es menos literatura. Admito que Los inmortales pertenece a una subcategoría ajena a mi interés intelectual pero eso no implica que haya de aborrecerme. Aunque la novela se rija por unos parámetros nada pretensiosos no es necesario hacer una evaluación despreciativa. En este sentido, Manuel Vilas parece haber encontrado su nicho de mercado. Por lo general, sus libros seducen a pesar de compartir un argumento simétrico y un tratamiento de los personajes bastante parecido.
Para comentar Los inmortales es preciso referirse a las anteriores publicaciones del citado escritor. A excepción de su faceta poética, la obra de Vilas se aprecia en su conjunto. España, Aire nuestro o Los inmortales participan de unos atributos que tienen todo en su contra, sobre todo en el último caso. En concreto, hablamos de composiciones logradas mediante el uso excesivo del elemento kitsch, las reiterantes intervenciones dialécticas y la absurdidad del humor típicamente español. Sin embargo, el éxito ante el público y la crítica es todo un hecho. Así pues, dicho autor ha hallado la sublimación o equilibrio perfecto entre estos tres factores que, por separado, desembocarían en un incuestionable fracaso.
La adecuación de la citada fórmula en el último texto de Vilas suele despertar ecos de Eduardo Mendoza en los finos oídos lectores. Del mismo modo podría insinuarse que el novelista se materializa en una especie de Fernández Mallo sin nociones de física por doquier. No obstante, el calificativo que describe a la perfección Los immortales es, sin duda, quijotesco. El narrador se ríe de la muerte con un proceder típicamente cervatino. De este modo, la aparición de los personajes en clave binomia y la incoherencia verbal producto de la fricción entre las parejas comparte una gran analogía con el autor del Quijote.
En definitiva, la prosa de Manuel Vilas se exponen a un afán de creatividad plenamente alcanzado. En otras palabras, si hay que matizar ciertos aspectos referentes a su material alegaría que la originalidad representa una de las virtudes más evidentes. El único elemento proveedor de antipatías es la ya señalada reincidencia en el uso de su método. Pero, a mi juicio, tal factor no debería ser motivo de desaprobación mientras la voluntad y la labor del autor sean tan incididas como la singularidad resultante de ellas.
Totalmente de acuerdo. La literatura satírica tampoco es algo que me atraiga mucho, pero Los inmortales me ha gustado. Es como que va más allá de eso, sobre todo por lo que dices de la originalidad. Igual acabo con los prejuicios y leo a Eduardo Mendoza. Yo qué sé.